Vayamos por partes…
El viaje
Cuando compré el vuelo Málaga-Dublín-Nueva York con escala nocturna de 10 horas, armé el portátil de series y me llevé algunos libros para que la espera no fuese tan pesada. Con los libros no te llevas sorpresas: te los llevas y los abres donde quieras. Respecto al portátil… solo mencionaré un accesorio que, creía, me fastidiaría todos mis planes: el ADAPTADOR. Sí, buscando mi adaptador de los EE.UU. encontré tres adaptadores ingleses —y no encontré el estadounidense, por cierto—, pero no me traje ninguno porque pensé que en Irlanda no serían tan especialitos como sus vecinos. ¿Y cómo iba a saberlo? Oye, ni que hace unos años me hubiera tirado yo mes y medio trabajando en Dublín… En fin, patatín.
Así que ahí estaba yo, sentada en una silla en plena madrugada del sábado con todos mis bártulos alrededor (13 kilos que llevaba a la espalda con la tontería de libros, cables, cámaras, portátiles y demás), y echándole un ojo a mi maleta facturada; en la soledad del aeropuerto y con el runrún de la cinta de maletas como banda sonora. Y, cómo no, resistiendo la tentación de comer por aburrimiento, eterna pesadilla de una muerta de hambre perenne como yo ;)
Fue entonces que Barry, uno de los trabajadores del aeropuerto, y yo empezamos a hablar y a hacer bromas, y al final se sentó a mi lado. Desde la una y pico de la madrugada que apareció hasta las siete que terminó su turno estuvo haciéndome compañía. Resulta que era electricista y, al contarle que no podía usar el portátil porque no tenía adaptador, hizo lo que yo nunca hubiera hecho: meter el cable en la toma de corriente a la fuerza. Con un par. También, cuando subí a pasar el control y me quitaron la botella de agua se fue y cuando vuelve lo veo metiendo cuatro botellines en mi mochila… Vamos, que conmigo tenía el cielo ganado. El acento fue un chorro de agua fría: seis horas de curso intensivo de inglés de Irlanda.
Lo bueno de hacer escala en Dublín es que pasas el control de pasaporte, visado, etc. de EE.UU allí, con lo que cuando llegas a EE.UU. solo tienes que recoger tu maleta y salir por la puerta. En mi caso, llegué al JFK de Nueva York, que, todo sea dicho, me hizo un poco de ilusión porque es el típico que siempre aparece o al que hacen referencia en series y demás. Como tenía que llegar a la Penn Station de Manhattan para coger el tren hacia Harrisburg, lo más rápido según mi amigo Google era ir en el Airtrain hacia Jamaica Station y desde ahí coger el LIRR (Long Island Rail Road) hasta Penn Station. Pues bien, cuando fui a pagar los cinco dólares que cuesta el Airtrain —que, por cierto, se paga una vez llegas a Jamaica Station—, metí un billete de diez y la máquina se lo tragó. Menos mal que una trabajadora muy simpática me dejó pasar y me rellenó un formulario que tengo que mandar por correo para que me devuelvan los cinco dólares. Acto seguido, compra del billete para el LIRR: cuatro pavos. Os pongo en contexto: voy con la maleta de 21 kilos, la mochila de 9 a la espalda, otra pequeña por delante de otros cuatro kilos, más mi sombrero nuevo y el tícket del LIRR en la mano. Efectivamente, como es de esperar, cuando el revisor del LIRR se me acercó, el billete se había hecho la tres catorce y no había ni rastro de él. En esos momentos, de llevar viajando 22 horas, de ir cargada hasta los topes, del cansancio y de no sé qué más, a la tercera vez que volvió el revisor tras varios “I’ll be right back, Miss”, yo ya estaba con lagrimones cayéndome por las mejillas mientras le decía que hace un momento lo tenía en la mano, y me resignaba a preguntarle que cuánto era la multa. Doce dólares, que podía haber sido mucho peor. Al llegar a Penn Station, seguía con el modo tontorrona ON. Yo misma me decía que qué hacía llorando, pero me daba corage. Tontorrona perdía, vamos. Como yo misma sabía que todo era una mezcla de nervios, cansancio y jet lag, dije hasta aquí hemos llegado y me puse a ver los primeros capítulos de It’s always sunny in Philadelphia, una serie que no había visto pero que me había descargado justo para el viaje y que sabía era graciosa. Y tanto: desde las dos que llegué a la estación hasta las siete que salió mi tren, me vi la primera temporada entera. Recomendada queda.
Algo que me sorprendió de la estación es el poco margen de tiempo que hay entre que aparece en los paneles la vía de la que sale tu tren y la hora de salida. En algunos casos aparecía cinco minutos antes, con lo que en el momento en el que salía veías a una abalancha de gente precipitándose hacia unas escaleras mecánicas para asegurarse de que no perdían el tren. «Esto debe de ser algo de Nueva York», pensé. Es curioso: en el tiempo que estuve en la estación pude darme cuenta de que esta no era tan diferente a las de otros países en los que he estado. Quiero decir que, por el simple hecho de estar en Nueva York, mis expectativas eran un poco fantasiosas. Quizá inconscientemente esperas verlo todo con ese filtro de imagen que da a las películas americanas esa distinción, y que se diferencia por ejemplo de la naturalidad de imagen que se encuentra en las españolas. No sé. La verdad es que estaba sentada en uno de los asientos de la sala de espera de la Penn Station, en mitad de Manhattan, y no sentía nada especial; era solo una estación más.
Respecto al tren, lo único a destacar es que me bajé en Middletown y no en Harrisburg. De nuevo, el cansancio. Menos mal que me dio tiempo de volver al tren y explicarle a uno de los revisores que soy una liá y que me había bajado antes de tiempo, y me dejó subir de nuevo. Una vez en Harrisburg, capital del Estado de Pensilvania, el chófer que me estaba esperando me llevó a Carlisle, que está a treinta minutos. También supersimpático y entrañable. Era un detective jubilado que ahora trabajaba de chófer para que sus hijas tuvieran algo de dinero extra. Hicimos tan buenas migas que, cuando me dejó con las dos chicas que me acompañarían a mi habitación, nos dimos un abrazo fuerte de los que implican "espero que te vaya todo muy bien; cuídate".
Día post-viaje
Hoy domingo, fui al HUB a almorzar a las 12 —la verdad es que no me ha costado hacerme al horario de comidas, ¡yo como cuando haga falta!—, y conocí a una chica rusa muy simpática. Se llama Sasha y también es TA (Teaching Assisstant). Después de eso el día se puede resumir en que reorganicé la distribución de los muebles para aprovechar mejor el espacio, vinieron Dani y Patrick —a Dani le han dado la habitación de enfrente de la mía, las dos en la primera planta de la Reed House o Romance Languages House (Casa de las lenguas romances), en la que viven estudiantes que estudian español, italiano o francés, y los TA de esos idiomas—; fuimos a hacer las primeras compras a Giant y a Walmart (ya tengo altavoces), y descubrimos que en Pensilvania NUNCA encontrarás alcochol en supermercados o gasolineras. No estoy hablando de bebidas fuertes, sino de simple cerveza. Es algo que me ha chocado bastante. Al ser domingo, hemos tenido que ir a un restaurante donde vendían y, como yo no tenía mi pasaporte encima, me he quedado en el coche mientras Dani y Patrick han entrado. Pues bien, el hombre del lugar ha sacado incluso un libro para comprobar que el carnet de conducir de Patrick era verdadero (él no es de Pensilvania, sino de New Hampshire) y, a continuación, ha decidido que no tenía forma de saber si el pasaporte español de Dani (con visado estadounidense estampado y todo) era falso o no, y ha estimado conveniente no venderles alcohol a ninguno. Así son las cosas, y así se las hemos contado. Yo no salgo de mi asombro.
Me despido con un beso enorme para todas las personas que han hecho que el venirme aquí fuera un poco más difícil al decirme lo que significo para ellas, y lo mucho que me echarían de menos. La verdad es que es una sensación agridulce. Dulce porque te sientes muy apreciada y valorada, y agria porque te tienes que alejar de esas personas, a las que también aprecias y valoras muchísimo.
Ya no me enrollo más, que en cinco horas empieza la Orientation Week y Dickinson no se merece una Isa ojerosa y soñolienta ;)
¡A más ver!

Sounds promising and exciting! Hell of a trip though...
ResponderEliminarTe tenias que haber llevado chocolate y cacahuetes en la maleta para la espera...
ResponderEliminarSí, como si no fuera ya a engordar mientras estoy aquí... jeje
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