sábado, 24 de diciembre de 2011

Recapitulemos...

Se me cae la cara de vergüenza. Y no es para menos. Han pasado dos meses desde la última vez que escribí una entrada —sorry!—. ¿Qué ha pasado desde entonces? A ver, recapitulemos: 

El fin de semana de Halloween lo pasé en casa de Chris. El sábado por la mañana, yo estaba tranquilita durmiendo a moco tendido y de repente este viene, me coge en brazos y me sube al salón mientras me pide que cierre los ojos. Acto seguido me suelta en el suelo y me dice “Ok, now open your eyes”. Me había plantado enfrente del ventanal de su salón y ante mí se presentaba una de las imágenes más bonitas que he visto hasta ahora: todos los árboles que hay enfrente de su casa, su calle, su jardín… todo estaba cubierto de nieve. Exactamente: ¡estaba nevando! Era una imagen preciosa. Mientras yo miraba el hipnotizante caer de los copos de nieve, la familia de Chris me contaba la otra cara de la nevada: como había caído en octubre y muchos árboles aún no habían perdido sus hojas, la nieve se había acumulado en ellas y había provocado que muchas ramas se desprendieran debido al peso, provocando cortes eléctricos que dejaron a muchas familias sin electricidad o televisión durante varios días. 

Nevada el último fin de semana de octubre

Ese domingo, Chris me llevó a ver un partido de hockey de los Hershey Bears. Sigo sin aprobar la violencia en los deportes porque creo que en ese momento pierden toda la deportividad, pero la verdad es que como experiencia cultural está muy bien. Tras el partido fuimos a la Fábrica de Chocolate de Hershey, que estaba al lado, donde te podías montar en uno de estos cochecitos que van por unos raíles mientras te cuentan cómo hacen el chocolate. En los Estados Unidos, el chocolate Hershey está por todas partes. Es como Nestlé en Europa: no hay escapatoria. 

Partido de hockey sobre hielo (y nachos)

Si queréis ver las fotos de lo que fue mi octubre, haced clic aquí.


Otro fin de semana Chris nos llevó por sorpresa a patinar sobre hielo a Chiara (IT), Diana (MEX) y a mí, y me encantó. Después dimos una vuelta por Harrisburg porque las niñas aún no habían estado y vimos el atardecer desde allí. Otro día fuimos a un parque natural que hay entre Carlisle y Shippensburg, y otro fuimos a un mirador cerca de Carlisle desde donde se pueden observar águilas (o como se dice aquí, to go Hawk watching). La verdad es que águilas, lo que se dice águilas, no vimos. Pero lo que sí pudimos hacer es contemplar desde allí la vista de 360º, desde donde se apreciaba todo el valle. Como curiosidad, el símbolo de EE.UU. es el águila calva, o bald eagle en inglés, pero sabíamos que a esta no la íbamos a poder ver porque un cartel de la zona ya nos avisaba de que no era la época en la que estas pululaban por el aire. 

De izq. a der.: Diana, Chris, yo y Chiara en la pista de patinaje sobre hielo
Yo desde el mirador desde donde se otean las águilas

El viernes 18 de noviembre, Spenser, Chris y yo fuimos a Washington D.C. a ver a Avicii (un DJ sueco). Allí habíamos quedado con Katie, la compañera de piso de gringoman en Málaga. Conseguimos una habitación para los cuatro en el mismo hotel del centro donde nos habíamos quedado durante el Fall Pause y por solo 18 dólares por cabeza. Pas mal, ah? El precio salió tan barato porque repetimos experiencia con Priceline.com. Es una página web para pillar ofertas en la que introduces la(s) zona(s) de la ciudad donde quieres que esté tu hotel, las estrellas que quieres que tenga y el precio máximo que estás dispuesto a pagar. Nosotros pusimos tres estrellas y media, seleccionamos zonas del centro y para pagar máximo 72 dólares, y allí que nos volvimos a plantar en un Marriott del centro. El único inconveniente que se le puede achacar a la página es que en el momento que encuentra un hotel que disponga de una habitación por ese precio, automáticamente la reserva, por lo que previamente hay que introducir los datos de la tarjeta de crédito o débito. Pero si no encuentra ninguna, no te cobra nada, por lo que está muy bien. 

Por su parte, Avicii estuvo genial: 10 000 personas en el D.C. Armory, un recinto que está al lado del estadio de fútbol del D.C. United. Para quienes no lo conozcan todavía, aquí os dejo un enlace a mi canción favorita de él: Fade Into Darkness. Ahora bien, a la salida del evento hacía un frío de narices.


De izq. a der.: Spenser, yo y Katie, antes de ir a ver a Avicii

Avicii pinchando en el D.C. Armory


Al día siguiente aprovechamos para dar otra vuelta por la ciudad y, entre otras cosas, bordeamos la Tidal Basin, que forma parte del National Mall. 

Chris y yo con la Tidal Basin y el Monumento a Washington detrás

A los tres días comenzaba el Thanksgiving Break (vacaciones del Día de Acción de Gracias) y, ¿a que sabéis con quién lo pasé? Exacto: con Chris. Jeje. Su familia me invitó a pasar esos días con ellos y allí que fue la mexicana ilegal (como se me llama cariñosamente). El Día de Acción de Gracias —en EE.UU.—, es siempre el último jueves de noviembre. Todos los familiares viajan para pasar ese día en familia y, por lo que las series y películas nos han ilustrado en numerosas ocasiones, es una tradición muy importante. La comida típica es pavo con salsa gravy, relleno del pavo (que a mí no me gustó para nada, pero ya se sabe que para gustos, colores) y sweet potatos. Hay más platos, pero esos son los más destacados. Ese día lo pasamos en casa de un hermano del padre de Chris con toda esa parte de su familia, y al terminar salimos fuera y me dijeron que íbamos al trampoline. Mi instinto me decía que no se podía tratar de un trampolín, porque por muy especialitos que fuesen los americanos, no cabía en ninguna cabeza que quisieran tirarse desde un trampolín con el frío que hacía. ¡Cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que se trataba de una cama elástica! Allí estuvimos dando brincos hasta que nos hartamos, y después Chris, su padre y un primo suyo estuvieron jugando a throw and catch the ball, o séase, a tirarse la pelota de fútbol americano y a atraparla. Yo estaba diciendo “¡Esto no puede ser verdad!”. La verdad es que la imagen era lo que podríamos llamar “muy americana”. 

Spenser saltando en la cama elástica

Si queréis ver todas las fotos de noviembre, haced clic aquí.


Después de las vacaciones de Acción de Gracias solo quedaban dos semanas de clases y la semana de exámenes finales. Dos semanas estudiando sin parar, escribiendo papers (ensayos) y asistiendo a eventos navideños de los diferentes clubs de idiomas de Dickinson (donde siempre hay comida típica del país del que es el evento). 

Aun así pude encontrar tiempo para ir a la fiesta de Navidad de Niki, la hermana mayor de Chris, que vive en Filadelfia (para los que les quede duda, me refiero a la ciudad, no a la crema de untar). Anyway… Cuando llegamos visitamos el centro y el mercado navideño que había delante del ayuntamiento, y decidimos ir al museo que está al final de Franklin Avenue para ver la avenida desde allí y subir los escalones por los que subió Rocky. Desafortunadamente hacía un frío y un viento CONSIDERABLES, por lo que a eso de la mitad de la avenida optamos por volver sobre nuestros pasos y buscar un bar en el centro donde echaran el Barça-Madrid y así estar calentitos. Parecía que todos los españoles, argentinos, uruguayos, etc. se habían puesto de acuerdo para ir a ese bar: no cabía ni una aguja. 

Franklin Avenue con el Museo de Arte al fondo (donde están los escalones de Rocky)

Por su parte, la fiesta estuvo muy bien y conocí a gente muy simpática de entre 25 a 35 años. Jugué al beer pong que habían establecido en el sótano. Se trata de un juego muy extendido en las fiestas universitarias, que consiste en lo siguiente: 

Se cogen doce vasos de plástico (en EE.UU. son los típicos rojos o azules que aparecen en las fiestas universitarias de las películas, por supuesto) llenos de cerveza hasta la mitad y se colocan seis en cada extremo de la mesa, formando un triángulo a cada lado. Las parejas se colocan también a cada extremo, y ambas tienen que intentar meter la bola de ping pong en uno de los vasos del equipo contrario, que están al otro extremo de la mesa. Cada bola que un equipo meta en uno de los vasos del equipo contrario, es un vaso que ese equipo se tiene que beber y quitar de la mesa. El equipo que antes consiga meter la bola en todos los vasos del otro equipo, gana. 

Beer pong

Pues bien, después de ver cómo dos chicos ganaban una y otra vez, nos tocó el turno a Spenser y a mí. Yo no había jugado en mi vida, y en lo que se refiere a deportes soy una paquete, pero no contaba con un importante detalle. ¿Qué personaje acompaña siempre al paquete en las películas? El mentor. Y, cómo no, yo también tuve uno: de la nada salió una chica que empezó a darme instrucciones de cómo tenía que lanzar la bola, la posición del codo, qué tenía que pensar, qué no debía hacer… y las tres primeras veces que lancé, bola dentro. 

Esto puede no parecer gran cosa, pero imaginaos la situación: dos chicos dándole una paliza a todo aquel que osa desafiarles. Pareja tras pareja, paliza tras paliza. De repente nos presentamos Spenser, medio borracha, y yo, una española que, increíblemente para ellos, no había jugado en su vida. No es de extrañar que la actitud de los dos chicos fuese de “bueno, esto va a ser rápido…”. Y, de repente, la española por la que nadie daba ni un duro empieza a meter bola tras bola. Pues no os voy a engañar: la gente me aclamaba… hasta que empecé a fallar, volviendo a la realidad. Jaja. Perdimos, como es lógico, porque aquello no era una película americana con mensaje de esperanza y lagrimilla al final. Pero estuvo bastante guay. Una experiencia cultural más. 

Con mi mentora

Al día siguiente sí que conseguimos ir a los escalones de Rocky. Pero antes paramos para comer un Philly Cheesesteak, que es un bocadillo con filete dentro y queso fundido, típico de Filadelfia. Estaba muy rico, pero donde se ponga un plato de migas, que me dejen de tonterías… ;) También dimos un paseo rápido por South Street, que es una calle súperlarga con muchas tiendas curiosas y con edificios pintados de muchos colores, y cuando nos dimos cuenta ya era la hora de irnos. De nuevo, unas dos horas y algo en coche y de vuelta a Carlisle. 

Philly Cheesesteak
South Street


Y ya lo que me quedaba era lunes, martes y la mañana del miércoles para terminar los papers (trabajos o ensayos) de final de semestre y los últimos exámenes, porque el miércoles por la tarde volvimos a coger el coche Chris y yo y tras tres horas nos plantamos en Nueva Jersey. Nos quedamos en la casa de un amigo ecuatoriano de Chris que se llama Robert, y lo conocí a él y a toda su familia. La verdad es que son unos soles que se preocuparon por que no nos faltara de nada en ningún momento (¡y la cocina de su madre estaba también súperrica!). 

El jueves nos levantamos temprano y aprovechamos para hacer día de turismo por Nueva York. Empezamos viendo el 9/11 Memorial o Monumento al 11S, donde hay dos fuentes inmensas en el lugar donde se encontraban las dos torres. La verdad es que no me las esperaba tan grandes, pero la verdad es que las torres debían de ser enormes. A continuación empezamos a subir desde el World Trade Center por Chinatown, Little Italy, Greenwich Village y West Village, y ya ahí decidimos coger el metro hasta el Madison Square Garden. De ahí seguimos subiendo y fuimos al Bryant Park, donde habían puesto una pista de patinaje sobre hielo, y de ahí fuimos subiendo la Quinta Avenida pasando por el Rockefeller Center, donde está la famosa pista de patinaje con las luces, el árbol de navidad, y todo muy bien decorado. Como curiosidad: patinar en la pista de hielo del Rockefeller cuesta 31 dólares, mientras que hacerlo en la del Bryant Park cuesta catorce, y además la de Bryant es el doble de grande. Claro está, que patinar en el Rockefeller Center en Navidad es algo a lo que muchas personas no se pueden resistir (un must-do). Nosotros sí, ya que la cosa “está mu mala”. Del Rockefeller Center seguimos subiendo la Quinta Avenida hasta el Central Park, donde habían puesto otra pista de patinaje, aunque esta no estaba tan bien iluminada como las anteriores. Después de hacer un par de fotos de lo más románticas aprovechando la vista del skyline desde uno de los puentes de Central Park, bajamos por la Avenida de las Américas hasta Times Square y de ahí emprendimos la vuelta a la casa de Robert en Nueva Jersey. En total fueron diez horas sin parar de andar de una punta a la otra de Manhattan y, aun a riesgo de parecer una abuela, confieso que mis pies y mi cadera ya no daban más de sí. 

Chris y yo en Central Park

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Al día siguiente (viernes) a las 4pm estaba ya montada en el avión rumbo a Málaga, adonde llegaría el sábado a las 10:30 de la mañana. Ni mis amigos, ni mi familia, ni siquiera mi madre sabían que iba para allá. Mis cómplices: mi madrina y mi apañero Javi. Mi madrina me recogería del aeropuerto y me llevaría a mi casa para darle una sorpresa a mi madre, que creía que yo no llegaba hasta el martes siguiente. Pero eso ya es otra historia: la de la Navidad de las sorpresas, como la he bautizado ;).

Un saludo a todos y para los valientes que hayan conseguido leer hasta el final... ¡enhorabuena!